Si estás tratando de armar un equipo de laburo, emprender o simplemente proyectar el país de los próximos diez años, el panorama es una pesadilla estadística: 85 de cada 100 pibes que terminan el secundario en Argentina no resuelven problemas básicos de matemática. En plena explosión global de inteligencia artificial y automatización, el sistema educativo local está graduando analfabetos numéricos a escala masiva.
Y la respuesta de la política frente a esta catástrofe es una guerra de trincheras donde nadie se hace cargo de nada. De un lado tenés a La Libertad Avanza aplicando un ajuste fiscal que disfraza de "reordenamiento" lo que en realidad es desfinanciamiento puro y duro. Del otro, al peronismo y los gremios atrincherados en consignas corporativas, defendiendo un statu quo donde la plata no alcanza y los chicos no aprenden a leer ni a razonar.
La narrativa oficialista sostiene que las universidades y escuelas son cajas negras de adoctrinamiento y despilfarro. Es indiscutible que auditar el gasto público y transparentar padrones o contrataciones es una obligación del Estado. Pero ajustar el presupuesto sin un solo programa de innovación pedagógica ni capacitación docente no es una reforma liberal: es dinamitar la base de capital humano del país.
La trampa del recorte a ciegas es evidente: no podés exigirle excelencia ni transformación digital a un docente que cobra salarios licuados por la inflación o a facultades que deben elegir entre pagar la luz del laboratorio y sostener la cursada. Ajustar sin un plan para enseñar mejor no moderniza el sistema; simplemente lo vacía y expulsa al talento calificado.
El escudo corporativo que prohíbe discutir la calidad
Pero la contraofensiva de la oposición no es menos cínica. Al transformar la consigna "la universidad no se toca" en un dogma clausurado, se niegan sistemáticamente a responder preguntas incómodas: ¿por qué tardamos el doble de años en graduar profesionales?, ¿por qué los planes de estudio tienen décadas de atraso?, ¿qué rol juega la rosca partidaria dentro de las aulas?
En las provincias, el colapso operativo es estructural: más del 80% del presupuesto educativo se va directamente a salarios. Prácticamente no queda margen fiscal para equipamiento tecnológico, conectividad, infraestructura edilicia ni actualización de contenidos. Defender este modelo sin exigir resultados ni auditorías es militar el estancamiento y la frustración de millones de alumnos.
La educación argentina no se va a salvar recortándole un cuarto de los fondos a las universidades ni fingiendo que el sistema actual es un templo intocable. Mientras el Gobierno usa la motosierra como sustituto del pensamiento pedagógico y el peronismo usa la militancia como escudo contra las auditorías, los únicos que pierden son los chicos que hoy salen de la escuela sin saber sumar ni leer.